Valentina Morales sentĂa sus piernas temblar mientras se formaba al lado de los otros oficiales. La ceremonia de graduaciĂłn de los nuevos soldados estaba a punto de comenzar en el cuartel de la ciudad de MĂ©xico, pero algo andaba mal dentro de su cuerpo. Fue entonces cuando todo se oscureciĂł. La teniente de 28 años se desplomĂł en el piso de concreto frente a cientos de personas, causando un alboroto inmediato entre los militares presentes. Los paramĂ©dicos llegaron en minutos y la llevaron de urgencia al hospital central del Valle, el más renombrado de la capital. Su madre, Elena, fue avisada por el coronel responsable y corriĂł a encontrar a su hija ya internada en la unidad de terapia intensiva. 'Doña Elena, hicimos todos los exámenes posibles', explicĂł el Dr. Sergio Villalobos, jefe del equipo mĂ©dico. Resonancia, tomografĂa, análisis de sangre completos. No encontramos nada que explique por quĂ© su hija no despierta. Ya eran tres dĂas desde el episodio. Valentina respiraba con ayuda de aparatos, sus ojos cerrados como si estuviera en un sueño profundo y tranquilo. Los mĂ©dicos se reunĂan constantemente, susurrando teorĂas que no conducĂan a ninguna parte. En el pasillo del tercer piso, Javier Guerrero empujaba el carrito de limpieza con movimientos precisos. El hombre de 45 años usaba el uniforme naranja que lo identificaba como participante del programa de reinserciĂłn social. Tres veces por semana salĂa del penal para trabajar en el hospital. Una oportunidad que pocos conseguĂan. 'Javier, ¿puedes limpiar la habitaciĂłn 307?', pidiĂł la enfermera Jimena, una joven reciĂ©n graduada que siempre lo trataba con respeto. Él asintiĂł positivamente y entrĂł en la habitaciĂłn donde Valentina estaba internada. Mientras pasaba el trapo en el piso, sus ojos entrenados de exfarmacĂ©utico notaron algo extraño. Cada vez que una enfermera o mĂ©dico tocaba casualmente el brazo izquierdo de la paciente para verificar algo, sus dedos temblaban de forma casi imperceptible.




