"Mamá… me duele mucho…" — el niño de 8 años fue obligado a dejar la escuela cuando su madre se fue a trabajar lejos, y por las noches solo sabía llamarla entre lágrimas. Cuando la verdad salió a la luz, nadie pudo contener el llanto… Mateo, un niño pequeño y delgado que acababa de cumplir ocho años, vivía con su madre en una zona montañosa y pobre del estado de Oaxaca, México. La vida de los dos ya era difícil, pero todo empeoró aún más cuando sus padres decidieron divorciarse. Aquella separación fue como una tormenta repentina que arrasó con la poca paz que quedaba en el corazón inocente de Mateo. Después de la separación, su madre lo llevó a vivir temporalmente a la casa de su tío Luis, el hermano menor de ella. Era una vivienda humilde, con techo de lámina vieja, recargada sobre la ladera de un cerro, y con varias paredes de madera ya podridas por el tiempo. La familia de su tío y su tía tampoco tenía una buena situación económica; cada día tenían que ahorrar hasta el último peso para mantener a sus dos hijos pequeños. La llegada de Mateo y su madre hizo que la carga en aquella casa fuera todavía más pesada para su tía. Esa noche, Mateo estaba sentado en el porche, abrazándose las rodillas, con la mirada perdida hacia las colinas oscuras. Su madre salió de la casa, se sentó junto a él y lo atrajo hacia su pecho. —Hoy quiero hablar contigo de algo… —dijo ella en voz baja, con el tono cargado de preocupación. Mateo se volvió a verla. En sus ojos inocentes se reflejaba la confusión. Su madre soltó un suspiro y sus ojos se humedecieron. —Tu tía no está contenta, porque la casa ya estaba pasando dificultades, y ahora con nosotros aquí todos tienen más problemas. No quiero que sigas viviendo así, hijo. Ya tomé una decisión… me voy a ir lejos, a otra ciudad, para trabajar y ganar dinero. —¿Irte lejos? ¿Lejos a dónde, mamá? —Mateo se estremeció, abriendo mucho los ojos—. No quiero que te vayas… Yo solo quiero estar contigo. Su madre le acarició el cabello, con la voz quebrada. —Yo tampoco quiero separarme de ti. Pero tengo que hacerlo, Mateo. Voy a esforzarme para ahorrar dinero, comprar un terrenito y levantar una casita para nosotros. Así ya no tendremos que vivir arrimados en casa de nadie… Pasaron unos meses desde que su madre se fue, y la vida de Mateo se volvió todavía más pesada. Un día, su tía lo llamó a la casa con el rostro serio. —Mateo, desde que tú y tu mamá llegaron, esta casa se ha vuelto más difícil de mantener. Tú lo sabes, aquí no sobra nada. Así que… vas a dejar la escuela. Todos los días te vas a ir al pueblo a juntar reciclaje, latas de aluminio, botellas de plástico, para venderlas y ayudar con los gastos. ¿De qué sirve tanto estudio cuando somos tan pobres? Al escuchar eso, Mateo se quedó en silencio, con los ojos llenos de tristeza. Sabía que estaba viviendo de la caridad de otros y que no tenía derecho a protestar. Así fue como dejó la escuela cuando apenas iba en segundo grado. Guardó sus cuadernos y sus libros en una bolsita vieja, en silencio. Aquellos días sentado en el salón de clases, sosteniendo el lápiz y escribiendo en el pizarrón, quedaron convertidos en un recuerdo. Desde entonces, Mateo se levantaba cada mañana muy temprano, cargaba un costal viejo y caminaba por los caminos de tierra, los pequeños basureros junto al mercado y las calles pobres del pueblo, recogiendo botellas de plástico, latas de refresco y cartón. Bajo el sol ardiente del mediodía, seguía agachándose una y otra vez entre el olor nauseabundo de la basura. Algunos días, cuando llovía, regresaba empapado, con los pies llenos de lodo, cargando aquel costal enorme a cuestas. Y aun así, parecía que su tía nunca estaba conforme. —¿Qué clase de trabajo hiciste hoy? ¿Todo el día para traer tan poquito? ¡Ni siquiera sacaste suficientes pesos! Si esta noche no alcanza para comprar aceite, ni se te ocurra pedir comida —lo regañaba constantemente, con un tono lleno de fastidio. Mateo bajaba la cabeza y no se atrevía a responder. Sabía que estaba viviendo bajo ese techo por compasión y no quería causar más molestias. Pero aquellas palabras eran como cuchillos invisibles que se hundían en el corazón del niño. Por las noches, cuando toda la familia se reunía alrededor de una mesa humilde, el tío Luis solía quedarse en una esquina con una cerveza barata en la mano. Bebía hasta ponerse medio mareado, mientras dejaba que su esposa siguiera quejándose. —Esta casa ya no aguanta más desgracias. Mantener a otro niño de arrimado… quién sabe hasta cuándo podremos soportarlo. Mateo guardaba silencio, con la mano temblorosa sosteniendo la cuchara, tragando poco a poco el arroz frío. Aunque su tío escuchaba todo, apenas fruncía el ceño y se quedaba callado, sin intervenir nunca. Durante aquellos días, Mateo aprendió a tragarse su tristeza. Solo deseaba que el tiempo pasara más rápido, que su madre regresara pronto, que pudieran irse de aquella casa estrecha y agobiante, donde siempre se sentía solo y fuera de lugar. En las noches, acostado sobre una cama plegable vieja, Mateo lloraba en silencio. Dormía a ratos, entre sueños donde aparecía su madre, y donde existía un verdadero hogar: uno lleno de cariño, de comida caliente y de sonrisas sinceras. Últimamente, Mateo sufría fuertes dolores de estómago. Al principio era solo una molestia leve, pero con el tiempo el dolor se volvió cada vez más intenso. A veces le daba un retortijón tan fuerte que tenía que sentarse en plena calle, abrazándose el abdomen, jadeando entre las botellas y latas que acababa de recoger. Aunque le dolía mucho, trataba de ocultarlo. No se atrevía a decirle nada a sus tíos, porque tenía miedo de molestarlos y de que su tía volviera a regañarlo. Una tarde, después de regresar del pueblo con el costal lleno de botellas de plástico y latas aplastadas, Mateo sintió un dolor más fuerte que nunca. Se sujetó el vientre, con el rostro pálido, y entró a la casa con las piernas temblorosas. Al ver a su tía ocupada en la cocina, reunió todo el valor que pudo y se acercó con timidez. —Tía… Ella siguió acomodando los platos sin siquiera levantar la cabeza. —¿Qué quieres ahora? La voz de Mateo salió apenas como un susurro, temblorosa. —Últimamente… me duele mucho el estómago. Me duele todo el día… y estoy preocupado, tía. Al oír eso, la mujer se volvió bruscamente, lo miró de arriba abajo y respondió enseguida: —Seguro te pones a revolver la basura y te tragas cualquier porquería que encuentras. ¡Pues claro que te va a doler el estómago! Mateo negó con la cabeza rápidamente. —No he comido nada, tía… —¡Ya cállate! ¡No me contestes! —lo interrumpió ella con voz áspera—. Esta casa ya está hundida en la miseria. Apenas alcanza para comer, ¿y tú crees que hay dinero para doctores y medicinas? Si te duele, pues aguántate. ¡No estés molestando a los demás! Al escuchar esas palabras, Mateo solo pudo bajar la cabeza, sintiendo que el alma se le partía. —Sí… ya entendí. Luego salió lentamente de la cocina. Afuera ya estaba oscureciendo, y el viento frío se colaba por las rendijas de la lámina haciendo ruidos secos. Mateo se sentó hecho bolita en un rincón del porche, abrazándose el vientre con sus brazos delgados. El dolor volvió a subirle como una ola, pero él solo apretó los labios para no dejar escapar un quejido. Las lágrimas resbalaron en silencio por su cara flaquita, y enseguida se las limpió con la mano. Esa noche el dolor duró más que de costumbre. Mateo se encogió sobre el colchón delgado, intentando contener el llanto para no molestar a sus tíos. Extrañaba a su madre con toda el alma; recordaba sus manos suaves acariciándole la cabeza cada vez que se enfermaba. En su corazón, solo podía repetir una y otra vez: —Mamá… me duele mucho… ¿dónde estás? ¿Por qué tardas tanto en volver?… Pero la única respuesta fue el silbido del viento golpeando el techo de lámina. Aproximadamente una semana después de aquella noche en que Mateo lloró en silencio con el estómago destrozado en aquella casa fría, una tarde bañada por una luz tenue, de pronto se escuchó una voz desde la entrada: —¡Mateo! ¡Ya regresé, hijo! La voz de su madre hizo que el niño se quedara paralizado. Mateo estaba encendiendo la leña del fogón, pero soltó el manojo de ramas y salió corriendo. Frente a él estaba ella: más delgada, con la piel quemada por el sol, el cabello reseco, pero con la misma mirada dulce de siempre. —¡Mamá! —gritó Mateo entre sollozos, lanzándose a abrazarla—. Te tardaste mucho… te extrañé tanto… La mujer lo apretó fuerte contra su pecho, con los ojos llenos de lágrimas. —Perdóname… Yo también te extrañé muchísimo. Pero tenía que seguir trabajando para juntar dinero… Al ver a su hijo tan flaco, con la ropa vieja y gastada, y el rostro pálido y hundido, sintió que el corazón se le encogía de dolor. Después de saludar apenas por compromiso a sus cuñados, la madre llevó a Mateo a un rincón tranquilo del patio. Se sentó junto a él y le preguntó con suavidad: —¿Has comido bien? ¿Cómo te ha ido en la escuela? Al escuchar la palabra "escuela", Mateo bajó la cabeza y se quedó callado. Después de un momento, respondió en voz muy bajita: —Yo… ya no voy a la escuela, mamá. —¿Cómo que no vas? —preguntó ella, abriendo los ojos con asombro. —Mi tía dijo que éramos pobres, que no había dinero para que yo siguiera estudiando… así que dejé la escuela para salir a juntar reciclaje y venderlo, para ayudarles con los gastos… La madre se quedó helada. Su mano se cerró lentamente hasta convertirse en un puño…



