Cada noche, la misma sensación. Acostada junto a Alejandro, sentía que el aire se volvía espeso, denso, casi imposible de respirar. El olor era insoportable, como algo podrido que no se podía esconder más. Durante meses, intenté encontrar una explicación lógica, pero cada vez que limpiaba su lado de la cama, el olor regresaba. Era como si estuviera atrapada en una pesadilla que no podía despertar, una pesadilla que no podía compartir con nadie. ¿Por qué estaba tan inquieta? ¿Por qué no podía entender lo que pasaba?
Al principio, pensé que era humedad. Quizás, al regresar de uno de sus viajes, Alejandro se había quedado empapado en sudor, y la tela del colchón había absorbido el olor. No era raro, ¿verdad? Pero tras cambiar las sábanas una, dos, tres veces, lavar las mantas, desinfectar la base de la cama y dejar el colchón horas enteras bajo el sol brutal de Guadalajara… el olor seguía allí. Persistente. Insoportable. Y siempre venía del mismo lado. Del lado de Alejandro.
Por tres largos meses viví con esa sensación. Cada noche, mi pecho se apretaba un poco más. No era solo asco. Era miedo. Un miedo frío y silencioso, algo que no podía nombrar. Algo me decía que había algo profundamente podrido, algo más allá de un simple olor. La primera vez que intenté limpiarlo, su reacción fue rápida y feroz: "No toques mis cosas, Lucía. Déjalo así."

Era una orden. No una petición. Y, como si algo dentro de mí despertara, entendí que algo en nuestra relación estaba fallando. No pude olvidar su mirada. Esa que no me veía con amor, sino con indiferencia. Esa noche, ya no era su esposa la que dormía a su lado. Era una mujer aterrorizada que empezaba a temerle.

Una mañana, después de que Alejandro cerró su maleta apresuradamente, me quedé observando cómo se alejaba sin siquiera mirarme. Esa tarde, algo dentro de mí rompió. No era solo el miedo. Era la necesidad de saber la verdad.

Entré al dormitorio, y por primera vez, el cuarto parecía estar esperando ese momento conmigo. El colchón pesaba mucho más de lo que debería. Mi mano temblaba mientras lo levantaba, pero mi corazón latía con fuerza. Fui a la cocina, tomé un cúter y volví a la habitación. El sudor recorría mi frente. Me arrodillé, sentí la tela bajo mis dedos. La cuchilla cortó el material, y el sonido fue como un golpe seco. Fue entonces que lo supe.

Un olor nauseabundo salió de dentro del colchón, tan fuerte que tuve que retroceder. La náusea me invadió, pero seguí. Luché contra el vómito, contra las lágrimas. Con manos temblorosas, rasgué la tela más, retirando capas de espuma. Y ahí lo vi. Un paquete envuelto en plástico grueso. En la parte superior, una foto.
La tomé. Desdoblé la fotografía con cuidado, y entonces, todo el aire se fue de mis pulmones. La mujer abrazada a Alejandro no era una desconocida. Era alguien que conocía bien. Y la fecha en la parte posterior de la foto me confirmó que, no solo me había traicionado. No. Mi esposo había estado ocultando algo mucho peor dentro de nuestra propia cama.
¿Quién era esa mujer? ¿Por qué mi esposo, a toda costa, había decidido guardar este secreto en el colchón? ¿Y qué significaba esa fecha en la foto? La respuesta estaba más cerca de lo que imaginaba. La verdad estaba al alcance de mis manos, y ya no podía ignorarla más. Pero la verdadera pregunta era, ¿qué pasaría después? Lo que descubrí me sacudió de una manera que nunca habría esperado…
La continuación de esta historia la dejo en el primer comentario fijado.